Crisis Mundial Predicha !

¿Caerá la Antorcha de la Libertad?

Capítulo Siete

Pasos Básicos hacia Cristo— Entrando en una Nueva Forma de Vivir

La naturaleza y la revelación a una dan testimonio del amor de Dios. La transgresión de la ley de Dios, de la ley de amor, fue lo que trajo consigo dolor y muerte. Sin embargo, en medio del sufrimiento resultante del pecado se manifiesta el amor de Dios. "Dios es amor" está escrito en cada capullo de flor que se abre, en cada tallo de la naciente hierba.

El Señor Jesús vino a vivir entre los hombres, a manifestar al mundo el amor infinito de Dios. Su corazón rebosaba de tierna simpatía por los hijos de los hombres. Se revistió de la naturaleza del hombre para poder simpatizar con sus necesidades. Los más pobres y humildes no tenían temor de allegársele. Tal fue el carácter que Cristo reveló en su vida. Tal es el carácter de Dios.

– Primera Parte –

¿Cómo Puedo Ir a Cristo?

Jesús vivió, sufrió y murió para redimirnos. Se hizo "Varón de dolores" para que nosotros fuésemos hechos participantes del gozo eterno. Pero este gran sacrificio no fue hecho para crear amor en el corazón del Padre hacia el hombre, ni para moverle a salvarnos. ¡No! ¡No! "Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito." Juan 3:16. Si el Padre nos ama no es a causa de la gran propiciación, sino que él proveyó la propiciación porque nos ama. Nadie sino el Hijo de Dios podía efectuar nuestra redención.

¡Cuán valioso hace esto al hombre! Por la transgresión, los hijos de los hombres son hechos súbditos de Satanás. Por la fe en el sacrificio expiatorio de Cristo, los hijos de Adán pueden llegar a ser hijos de Dios. Este pensamiento ejerce un poder subyugador que somete el entendimiento a la voluntad de Dios.

El hombre estaba dotado originalmente de facultades nobles y de un entendimiento bien equilibrado. Era perfecto y estaba en armonía con Dios. Sus pensamientos eran puros, sus designios santos. Pero por la desobediencia, sus facultades se pervirtieron y el egoísmo reemplazó el amor. Su naturaleza quedó tan debilitada por la transgresión que ya no pudo, por su propia fuerza, resistir el poder del mal.

Es imposible que escapemos por nosotros mismos del hoyo de pecado en el que estamos sumidos. Nuestro corazón es malo, y no lo podemos cambiar. Debe haber un poder que obre desde el interior, una vida nueva de lo alto, antes que el hombre pueda convertirse del pecado a la santidad. Ese poder es Cristo. Unicamente su gracia puede vivificar las facultades muertas del alma y atraer ésta a Dios, a la santidad. Para todos ellos hay una sola contestación: "¡He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo!" Juan 1:29. Aprovechemos los medios que nos han sido provistos para que seamos transformados conforme a su semejanza y restituídos a la comunión de los ángeles ministradores, a la armonía y comunión del Padre y del Hijo.

¿Cómo se justificará el hombre con Dios? ¿Cómo se hará justo el pecador? Sólo por intermedio de Cristo podemos ser puestos en armonía con Dios y con la santidad; pero ¿cómo debemos ir a Cristo?

El arrepentimiento comprende tristeza por el pecado y abandono del mismo. No renunciamos al pecado a menos que veamos su pecaminosidad. Mientras no lo repudiemos de corazón, no habrá cambio real en nuestra vida.

Pero cuando el corazón cede a la influencia del Espíritu de Dios, la conciencia se vivifica y el pecador discierne algo de la profundidad y santidad de la sagrada ley de Dios, fundamento de su gobierno en los cielos y en la tierra. La convicción se posesiona de la mente y del corazón.

La oración de David después de su caída ilustra la naturaleza del verdadero dolor por el pecado. Su arrepentimiento fue sincero y profundo. No se esforzó él por atenuar su culpa y su oración no fue inspirada por el deseo de escapar al juicio que le amenazaba. David veía la enormidad de su transgresión y la contaminación de su alma; aborrecía su pecado. No sólo pidió perdón, sino también que su corazón fuese purificado. Anhelaba el gozo de la santidad y ser restituido a la armonía y comunión con Dios. Sentir un arrepentimiento como éste es algo que supera nuestro propio poder; se lo obtiene únicamente de Cristo.

Cristo está listo para libertarnos del pecado, pero no fuerza la voluntad. ¿Si rehusamos, qué más puede hacer él? Estudiad la Palabra de Dios con oración. Cuando veáis la enormidad del pecado, cuando os veáis como sois en realidad, no os entreguéis a la desesperación, pues a los pecadores es a quienes Cristo vino a salvar. Cuando Satanás acude a decirte que eres un gran pecador, alza los ojos a tu Redentor y habla de sus méritos. Reconoce tu pecado, pero di al enemigo que "Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores," y que puedes ser salvo. 1 Timoteo 1:15.

El que encubre sus transgresiones, no prosperará; mas quien las confiese y las abandone, alcanzará misericordia." Proverbios 28:13.

Las condiciones indicadas para obtener la misericordia de Dios son sencillas, justas y razonables. Confesad vuestros pecados a Dios, el único que puede perdonarlos, y vuestras faltas unos a otros. Los que no han humillado su alma delante de Dios reconociendo su culpa, no han cumplido todavía la primera condición de la aceptación. Debemos tener la voluntad de humillar nuestros corazones y cumplir con las condiciones de la Palabra de verdad. La confesión que brota de lo íntimo del alma sube al Dios de piedad infinita. La verdadera confesión es siempre de un carácter específico y reconoce pecados particulares. Pero toda confesión debe hacerse definida y directa. Está escrito: "Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonarnos nuestros pecados, y limpiarnos de toda iniquidad." 1 Juan 1:9.

La promesa de Dios es: "Me buscaréis y me hallaréis porque me buscaréis de todo vuestro corazón." Jeremías 29:13.

Debemos dar a Dios todo el corazón, o no se realizará el cambio que se ha de efectuar en nosotros, por el cual hemos de ser transformados conforme a la semejanza divina.

La guerra contra nosotros mismos es la batalla más grande que jamás se haya reñido. El rendirse a sí mismo, entregando todo a la voluntad de Dios, requiere una lucha; mas para que el alma sea renovada en santidad, debe someterse antes a Dios.

Al consagrarnos a Dios, debemos necesariamente abandonar todo aquello que nos separaría de él. Hay quienes profesan servir a Dios a la vez que confían en sus propios esfuerzos para obedecer su ley, desarrollar un carácter recto y asegurarse la salvación. Sus corazones no son movidos por algún sentimiento profundo del amor de Cristo, sino que procuran cumplir los deberes de la vida cristiana como algo que Dios les exige para ganar el cielo. Una religión tal no tiene valor alguno.

Cuando Cristo mora en el corazón, el alma rebosa de tal manera de su amor y del gozo de su comunión, que se aferra a él; y contemplándole se olvida de sí misma. El amor a Cristo es el móvil de sus acciones.

Los que sienten el amor constreñidor de Dios no preguntan cuánto es lo menos que pueden darle para satisfacer lo que él requiere; no preguntan cuál es la norma más baja que acepta, sino que aspiran a una vida de completa conformidad con la voluntad de su Redentor.

¿Creéis que es un sacrificio demasiado grande darlo todo a Cristo? Preguntaos: "¿Qué dio Cristo por mí?" El Hijo de Dios lo dio todo para redimirnos: vida, amor y sufrimientos. ¿Es posible que nosotros, seres indignos de tan grande amor, rehusemos entregarle nuestro corazón?

¿Y qué abandonamos cuando lo damos todo? Un corazón manchado de pecado, para que el Señor Jesús lo purifique y lo limpie con su propia sangre, para que lo salve con su incomparable amor. ¡Y sin embargo, los hombres hallan difícil renunciar a todo! Dios no nos pide que renunciemos a cosa alguna cuya retención contribuiría a nuestro mayor provecho. En todo lo que hace, tiene presente el bienestar de sus hijos.

Muchos dicen: "¿Cómo me entregaré a Dios?" Deseáis hacer su voluntad, mas sois moralmente débiles, esclavos de la duda y dominados por los hábitos de vuestra vida de pecado. Vuestras promesas y resoluciones son tan frágiles como telarañas. No podéis gobernar vuestros pensamientos, impulsos y afectos. El conocimiento de vuestras promesas no cumplidas y de vuestros votos quebrantados debilita la confianza que tuvisteis en vuestra propia sinceridad, y os induce a sentir que Dios no puede aceptaros; mas no necesitáis desesperar. Lo que debéis entender es la verdadera fuerza de la voluntad. Esta es el poder gobernante en la naturaleza del hombre, la facultad de decidir o escoger. Todo depende de la correcta acción de la voluntad. Dios dio a los hombres el poder de elegir; a ellos les toca ejercerlo. No podéis cambiar vuestro corazón, ni dar por vosotros mismos sus afectos a Dios; pero podéis escoger servirle. Podéis darle vuestra voluntad, para que él obre en vosotros tanto el querer como el hacer, según su voluntad. De ese modo vuestra naturaleza entera estará bajo el dominio del Espíritu de Cristo, vuestros afectos se concentrarán en él y vuestros pensamientos se pondrán en armonía con él.

Desear ser bondadosos y santos es rectísimo; pero si no pasáis de esto, de nada os valdrá. Muchos se perderán esperando y deseando ser cristianos. No llegan al punto de dar su voluntad a Dios. No deciden ser cristianos ahora.

Por medio del debido ejercicio de la voluntad, puede obrarse un cambio completo en vuestra vida. Al dar vuestra voluntad a Cristo, os unís con el poder que está sobre todo principado y potestad. Tendréis fuerza de lo alto para sosteneros firmes, y rindiéndoos así constantemente a Dios seréis fortalecidos para vivir una vida nueva, es a saber, la vida de la fe.

A medida que vuestra conciencia ha sido vivificada por el Espíritu Santo, habéis visto algo de la perversidad del pecado, de su poder, su culpa, su miseria; y lo miráis con aborrecimiento. Lo que necesitáis es paz. Habéis confesado vuestros pecados y en vuestro corazón los habéis desechado. Habéis resuelto entregaros a Dios. Id, pues, a él, y pedidle que os limpie de vuestros pecados, y os dé un corazón nuevo.

Creed que lo hará porque lo ha prometido. Debemos creer que recibimos el don que Dios nos promete, y lo poseemos. Tú no puedes expiar tus pecados pasados, no puedes cambiar tu corazón y hacerte santo. Mas Dios promete hacer todo esto por ti mediante Cristo. Crees en esa promesa. Confiesas tus pecados y te entregas a Dios. Quieres servirle. Tan ciertamente como haces esto, Dios cumplirá su palabra contigo. Si crees la promesa, Dios suple el hecho. No aguardes hasta sentir que estás sano, mas di: "Lo creo; así es, no porque lo sienta, sino porque Dios lo ha prometido."

– Segunda Parte –

¿Cómo Puedo Permanecer en Cristo?

Dice el Señor Jesús: "Todo cuanto pidiéreis en la oración, creed que lo recibísteis ya; y lo tendréis." Marcos 11:24.  Una condición acompaña esta promesa: que pidamos conforme a la voluntad de Dios. Pero es la voluntad de Dios limpiarnos del pecado, hacernos hijos suyos y habilitarnos para vivir una vida santa. De modo que podemos pedir a Dios estas bendiciones, creer que las recibimos y agradecerle por haberlas recibido.

De modo que ya no te perteneces, porque fuiste comprado por precio. Mediante este sencillo acto de creer en Dios, el Espíritu Santo engendró nueva vida en tu corazón. Eres como un niño nacido en la familia de Dios, y él te ama como a su Hijo.

Ahora que te has consagrado al Señor Jesús, no vuelvas atrás, no te separes de él, mas repite todos los días: "Soy de Cristo; le pertenezco"; pídele que te dé su Espíritu y que te guarde por su gracia. Así como consagrándote a Dios y creyendo en él llegaste a ser su hijo, así también debes vivir en él.

Miles se equivocan en esto: no creen que el Señor Jesús los perdone personal e individualmente. No creen al pie de la letra lo que Dios dice. Es privilegio de todos los que llenan las condiciones saber por sí mismos que el perdón de todo pecado es gratuito. Alejad la sospecha de que las promesas de Dios no son para vosotros. Son para todo pecador arrepentido.

Alzad la vista los que vaciláis y tembláis; porque el Señor Jesús vive para interceder por nosotros. Agradeced a Dios por el don de su Hijo amado.

"Si alguno está en Cristo, es una nueva criatura; las cosas viejas pasaron ya, he aquí que todo se ha hecho nuevo." 2 Corintios 5:17.

Es posible que una persona no sepa indicar el momento y lugar exactos de su conversión, o que no pueda tal vez señalar la cadena de circunstancias que la llevaron a ese momento; pero esto no prueba que no se haya convertido. Se notará un cambio en el carácter, en las costumbres y ocupaciones. El contraste entre lo que eran antes y lo que son ahora será muy claro e inequívoco. ¿Quién posee nuestro corazón? ¿Con quién están nuestros pensamientos? ¿De quién nos gusta hablar? ¿Para quién son nuestros más ardientes afectos y nuestras mejores energías? Si somos de Cristo, nuestros pensamientos están con él. No hay evidencia de arrepentimiento verdadero cuando no se produce una reforma en la vida. La hermosura del carácter de Cristo ha de verse en los que le siguen. El se deleitaba en hacer la voluntad de Dios.

Hay dos errores contra los cuales los hijos de Dios deben guardarse en forma especial. El primero es el de fijarnos en nuestras propias obras, confiando en algo que podamos hacer para ponernos en armonía con Dios. Todo lo que el hombre puede hacer sin Cristo está contaminado de egoísmo y pecado. Sólo la gracia de Cristo, por medio de la fe, puede hacernos santos.

El error opuesto y no menos peligroso consiste en sostener que la fe en Cristo exime a los hombres de guardar la ley de Dios, y que en vista de que sólo por la fe llegamos a ser participantes de la gracia de Cristo, nuestras obras no tienen nada que ver con nuestra redención.

La obediencia es el fruto de la fe. La justicia se define por la norma de la santa ley de Dios, expresada en los diez mandamientos. Exodo 20:3-20. La así llamada fe en Cristo que, según se sostiene, exime a los hombres de la obligación de obedecer a Dios, no es fe, sino presunción. La condición para alcanzar la vida eterna es ahora exactamente la misma de siempre, tal cual era en el paraíso antes de la caída de nuestros primeros padres: la perfecta obediencia a la ley de Dios, la perfecta justicia. Si la vida eterna se concediera con alguna condición inferior a ésta, peligraría la felicidad de todo el universo. Se le abriría la puerta al pecado con toda su secuela de dolor y miseria para siempre.

Cristo cambia el corazón. El habita en el vuestro por la fe. Debéis mantener esta comunión con Cristo por la fe y la sumisión continua de vuestra voluntad a él. Mientras lo hagáis, él obrará en vosotros para que queráis y hagáis conforme a su beneplácito.

Cuanto más cerca estéis de Jesús, más imperfectos os reconoceréis; porque veréis tanto más claramente vuestros defectos a la luz del contraste de su perfecta naturaleza. Esta es una señal cierta de que los engaños de Satanás han perdido su poder, y de que el Espíritu de Dios os está despertando. No puede existir amor profundo hacia el Señor Jesús en el corazón que no comprende su propia perversidad. El alma transformada por la gracia de Cristo admirará su divino carácter. Una percepción de nuestra pecaminosidad nos impulsa hacia aquel que puede perdonarnos, y cuando comprendiendo nuestro desamparo nos esforcemos por seguir a Cristo, él se nos revelará con poder. Cuanto más nos impulse hacia él y hacia la Palabra de Dios el sentimiento de nuestra necesidad, tanto más elevada visión tendremos del carácter de nuestro Redentor y con tanta mayor plenitud reflejaremos su imagen.

En la Escritura se llama nacimiento al cambio de corazón por el cual somos hechos hijos de Dios. También se lo compara con la germinación de la buena semilla sembrada por el labrador. Dios es el que hace florecer el capullo y fructificar las flores. Su poder es el que hace a la simiente desarrollar. Marcos 4:28.

Como la flor se vuelve hacia el sol para que los brillantes rayos le ayuden a perfeccionar su belleza y simetría, así debemos volvernos hacia el Sol de justicia, a fin de que la luz celestial brille sobre nosotros y nuestro carácter se transforme a la imagen de Cristo.

Preguntaréis tal vez: "¿Cómo permaneceremos en Cristo?" Pues, del mismo modo en que le recibisteis al principio. "De la manera, pues, que recibisteis a Cristo Jesús el Señor, así andad en él." Colosenses 2:6. Por la fe llegasteis a ser de Cristo, y por la fe tenéis que crecer en él, dando y recibiendo. Tenéis que darle todo: el corazón, la voluntad, la vida, daros a él para obedecerle en todo lo que os pida; y debéis recibirlo todo: a Cristo, la plenitud de toda bendición, para que more en vuestro corazón, sea vuestra fuerza, vuestra justicia, vuestro eterno Auxiliador, y os dé poder para obedecer.

Conságrate a Dios todas las mañanas; haz de esto tu primer trabajo. Sea tu oración: "Tómame ¡oh Señor! como enteramente tuyo. Pongo todos mis planes a tus pies. Úsame hoy en tu servicio. Mora conmigo, y sea toda mi obra hecha en ti." Este es un asunto diario. Somete todos tus planes a él, para ponerlos en práctica o abandonarlos, según te lo indicare su providencia. Podrás así poner cada día tu vida en las manos de Dios, y ella será cada vez más semejante a la de Cristo.

La vida en Cristo es una vida de reposo. Tal vez no haya éxtasis de los sentimientos, pero debe haber una confianza continua y apacible. Cuando pensamos mucho en nosotros mismos, nos alejamos de Cristo, la fuente de la fortaleza y la vida. Por esto Satanás se esfuerza constantemente por mantener la atención apartada del Salvador, a fin de impedir la unión y comunión del alma con Cristo.

Cuando Cristo se humanó, vinculó a la humanidad Consigo mediante un lazo que ningún poder es capaz de romper, salvo la decisión del hombre mismo. Satanás nos presentará de continuo incentivos para inducirnos a romper ese lazo, a decidir que nos separemos de Cristo. Mantengamos por lo tanto los ojos fijos en Cristo, y él nos preservará. Confiando en Jesús, estamos seguros. Nada puede arrebatarnos de su mano. Todo lo que Cristo fue para sus discípulos desea serlo para sus hijos hoy.

Oró por nosotros y pidió que fuésemos uno con él, como él es uno con el Padre. ¡Cuán preciosa unión! Así, amándole y morando en él, creceremos "en todos respectos en el que es la cabeza, es decir, en Cristo." Efesios 4:15.

Dios es la fuente de vida, luz y gozo para el universo. Dondequiera que la vida de Dios esté en el corazón de los hombres, inundará a otros de amor y bendición.

El gozo de nuestro Salvador se cifraba en levantar y redimir a los hombres caídos. Para lograr este fin no consideró su vida como cosa preciosa, sino que sufrió la cruz y menospreció la ignominia. Cuando atesoramos el amor de Cristo en el corazón, así como una dulce fragancia, no puede ocultarse. El amor al Señor Jesús se manifestará por el deseo de trabajar como él trabajó, para beneficiar y elevar a la humanidad. Nos inspirará amor, ternura y simpatía a todas las criaturas que gozan del cuidado de nuestro Padre celestial. Así también los que son participantes de la gracia de Cristo estarán dispuestos a hacer cualquier sacrificio para que los otros por quienes él murió compartan el don celestial. Harán cuanto puedan para que su paso por el mundo lo mejore. Este espíritu es el fruto seguro del alma verdaderamente convertida. Tan pronto como uno acude a Cristo nace en el corazón un vivo deseo de hacer saber a otros cuán precioso amigo encontró en el Señor Jesús. Si hemos probado y visto que el Señor es bueno, tendremos algo que decir a otros. Procuraremos presentarles los atractivos de Cristo y las realidades invisibles del mundo venidero. Anhelaremos seguir en la senda que Jesús recorrió.

Y el esfuerzo por hacer bien a otros se tornará en bendiciones para nosotros mismos. Los que así participan en trabajos de amor son los que más se acercan a su Creador. El trabajo desinteresado por otros da al carácter profundidad, firmeza y una amabilidad como la de Cristo; trae paz y felicidad al que posea tal carácter. La fuerza se desarrolla con el ejercicio. No necesitamos ir a tierras de paganos–ni aun dejar el estrecho círculo del hogar, si allí nos retiene el deber –a fin de trabajar por Cristo. Con espíritu de amor, podemos ejecutar los deberes más humildes de la vida "como para el Señor." Colosenses 3:23. Si tenemos el amor de Dios en el corazón se manifestará en nuestra vida. No debéis esperar mejores oportunidades o capacidades extraordinarias para empezar a trabajar por Dios. Los más humildes y más pobres de los discípulos de Jesús pueden ser una bendición para otros.

Son muchas las maneras en que Dios procura dársenos a conocer y ponernos en comunión con él. Si tan sólo queremos escuchar, las obras que Dios creó nos enseñarán preciosas lecciones de obediencia y confianza.

No se derraman lágrimas sin que él lo note. No hay sonrisa que para él pase inadvertida. Si creyéramos implícitamente esto, desecharíamos toda ansiedad indebida. Nuestras vidas no estarían tan llenas de desengaños como ahora; porque cada cosa, grande o pequeña, se dejaría en las manos de Dios.

Dios nos habla mediante sus obras providenciales y la influencia de su Espíritu Santo en el corazón. Dios nos habla también en su Palabra. En ella tenemos, en líneas más claras, la revelación de su carácter, de su trato con los hombres y de la gran obra de la redención. Llenad vuestro corazón con las palabras de Dios. Son el agua viva que apaga vuestra sed. Son el pan vivo que descendió del cielo.

El tema de la redención es un tema que los ángeles desean escudriñar; será la ciencia y el canto de los redimidos durante las interminables edades de la eternidad. ¿No es un tema digno de atención y estudio ahora? Mientras meditemos en el Salvador, nuestra alma tendrá hambre y sed de llegar a ser como aquel a quien adoramos.

La Biblia fue escrita para la gente común. Las grandes verdades necesarias para la salvación están presentadas con tanta claridad como la luz del mediodía; No hay ninguna cosa mejor para fortalecer la inteligencia que el estudio de las santas Escrituras. No se saca sino un beneficio muy pequeño de una lectura precipitada de las Sagradas Escrituras. Un pasaje estudiado hasta que su significado nos sea claro y evidentes sus relaciones con el plan de salvación, resulta de mucho más valor que la lectura de muchos capítulos sin un propósito determinado y sin obtener una instrucción positiva.

Tened vuestra Biblia a mano. Leedla cuando tengáis oportunidad; fijad los textos en vuestra memoria.

No podemos obtener sabiduría sin una atención verdadera y un estudio con oración. Nunca se deben estudiar las Sagradas Escrituras sin oración. Antes de abrir sus páginas debemos pedir la iluminación del Espíritu Santo, y ésta nos será dada. Los ángeles del mundo de luz acompañarán a los que busquen con humildad de corazón la dirección divina. Cuánto no estimará Dios a la raza humana, siendo que dio a su Hijo para que muriese por ella, y manda su Espíritu para que sea de continuo el Maestro y Guía del hombre!

Dios nos habla por la naturaleza y por la revelación, por su providencia y por la influencia de su Espíritu. Pero esto no basta; necesitamos abrirle nuestro corazón. Para ponernos en comunión con Dios debemos tener algo que decirle tocante a nuestra vida real.

Orar es el acto de abrir nuestro corazón a Dios como a un amigo. No es que se necesite esto para que Dios sepa lo que somos, sino a fin de capacitarnos para recibirle. La oración no baja a Dios hacia nosotros, antes bien nos eleva a él.

Nuestro Padre celestial está esperando para derramar sobre nosotros la plenitud de sus bendiciones. ¡Cuán extraño es que oremos tan poco! Dios está pronto y dispuesto a oír la oración de sus hijos. ¿Qué pueden los ángeles del cielo pensar de unos seres humanos pobres y sin fuerza, sujetos a la tentación, cuando el gran Dios lleno de infinito amor se compadece de ellos y está pronto para darles más de lo que pueden pedir o pensar?

Las tinieblas del malo cercan a aquellos que descuidan la oración. Las tentaciones secretas del enemigo los incitan al pecado; y todo porque ellos no se valen del privilegio de orar, cuando la oración es la llave en la mano de la fe para abrir el almacén del cielo, donde están atesorados los recursos infinitos de la Omnipotencia.

Hay ciertas condiciones de acuerdo con las cuales podemos esperar que Dios oiga y conteste nuestras oraciones:

Una de las primeras es que sintamos necesidad de la ayuda que él puede dar. Si toleramos la iniquidad en nuestro corazón, si nos aferramos a algún pecado conocido, el Señor no nos oirá: más la oración del alma arrepentida y contrita será siempre aceptada. Cuando hayamos confesado con corazón contrito, y reparado en lo posible todos nuestros pecados conocidos, podremos esperar que Dios contestará nuestras oraciones.

La oración eficaz tiene otro elemento: la fe. Cuando nos parezca que nuestras oraciones no son contestadas, debemos aferrarnos a la promesa; porque el tiempo de recibir contestación vendrá seguramente y recibiremos las bendiciones que más necesitamos. Por supuesto, pretender que nuestras oraciones sean siempre contestadas en la misma forma y según la cosa particular que pidamos, es presunción.

Cuando vamos a Dios en oración, debemos tener un espíritu de amor y perdón en nuestro propio corazón.

La perseverancia en la oración ha sido constituída en condición para recibir. Debemos orar siempre si queremos crecer en fe y en experiencia.

Debemos orar también en el círculo de nuestra familia; y sobre todo no descuidar la oración privada, porque ella es la vida del alma. La sola oración pública o con la familia no es suficiente. La oración secreta sólo debe ser oída por el Dios que oye las oraciones.

No hay tiempo o lugar en que sea impropio orar a Dios. En medio de las multitudes de las calles o en medio de una sesión de nuestros negocios, podemos elevar a Dios una oración e implorar la dirección divina.

Esfuércese nuestra alma y elévese para que Dios nos permita respirar la atmósfera celestial. Podemos mantenernos tan cerca de Dios que en cualquier prueba inesperada nuestros pensamientos se vuelvan hacia él tan naturalmente como la flor se vuelve hacia el sol. Presentad a Dios vuestras necesidades, tristezas, gozos, cuidados y temores. No podéis agobiarle ni cansarle. El no es indiferente a las necesidades de sus hijos.

Sufrimos una pérdida cuando descuidamos la oportunidad de congregarnos para fortalecernos y edificarnos mutuamente en el servicio de Dios. Si todos los cristianos se asociaran y se hablasen unos a otros del amor de Dios y de las preciosas promesas de la redención, su corazón se robustecería, y se edificarían mutuamente.

Debemos reunirnos en torno a la cruz. Cristo, y Cristo crucificado, debe ser el tema de nuestra meditación, conversación y más gozosa emoción. Debemos recordar todas las bendiciones que recibimos de Dios; y al cerciorarnos de su gran amor, debiéramos estar dispuestos a confiar todas las cosas a la mano que fue clavada en la cruz en nuestro favor.

El alma puede elevarse hacia el cielo en alas de la alabanza. Dios es adorado con cánticos y música en las mansiones celestiales, y al expresar nuestra gratitud nos aproximamos al culto que rinden los habitantes del cielo.

Muchos se sienten a veces turbados por las insinuaciones del escepticismo. Dios nunca nos exige que creamos sin darnos suficiente evidencia sobre la cual fundar nuestra fe. Pero, como quiera que se la disfrace, la causa real de la duda y del escepticismo es, en la mayoría de los casos, el amor al pecado. Debemos tener un deseo sincero de conocer la verdad, y en el corazón, buena voluntad para obedecerla.

Resumen del libro, El Camino a Cristo, en las palabras de la autora.

"Bienaventurados los pobres en espíritu: porque de ellos es el reino de los cielos.

Bienaventurados los que lloran: porque ellos recibirán consolación.

Bienaventurados los mansos: porque ellos recibirán la tierra por heredad.

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia: porque ellos serán hartos.

Bienaventurados los misericordiosos: porque ellos alcanzarán misericordia.

Bienaventurados los de limpio corazón: porque ellos verán a Dios.

Bienaventurados los pacificadores: porque ellos serán llamados hijos de Dios.

Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia: porque de ellos es el reino de los cielos.

Bienaventurados sois cuando os vituperaren y os persiguieren, y dijeren de vosotros todo mal por mi causa, mintiendo.

Gozaos y alegraos; porque vuestro galardón es grande en los cielos: que así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros."

—Mateo 5:3-12

Capítulo Ocho

Principios del Sano Vivir  —Otra Preparación para la Crisis

No tenemos que estar enfermos todo el tiempo. Las leyes de la naturaleza son las leyes de Dios. Aprenderlas y obedecerlas puede capacitar a cada uno de nosotros para vivir una vida más completa y feliz. Nuestras mentes estarán más claras, nuestros cuerpos más sanos, y podremos servir mejor a Dios. Aquí están los principios básicos del sano vivir que lo ayudarán.

Hoy en día, estamos tan acostumbrados a las drogas y medicamentos químicos, que nos asombra el hecho que Centros de Tratamientos Naturales de hace cien o más años atrás utilizaran una combinación de los ocho principios o remedios naturales (aire puro, luz solar, abstinencia, descanso, ejercicio, una dieta adecuada, el uso del agua por dentro y fuera, y la confianza en el poder divino) para restaurar la salud de casi cualquier enfermedad—sin los efectos perniciosos de las drogas o medicamentos químicos, los cuales son, de una u otra forma, venenosos y altamente perjudiciales. Aquí compartimos varias declaraciones de aquella época pasada, escritos por la autora de los capítulos 1 al 6 de la presente obra que tiene en sus manos.

"Una práctica que prepara el terreno para un gran acopio de enfermedades y de males aun peores, es el libre uso de drogas venenosas. Cuando se sienten atacados por alguna enfermedad, muchos no quieren darse el trabajo de buscar la causa. Su principal afán es librarse de dolor y molestias. Por tanto, recurren a específicos, cuyas propiedades apenas conocen, o acuden al médico para conseguir algún remedio que neutralice las consecuencias de su error, pero no piensan en modificar sus hábitos antihigiénicos. Si no consiguen alivio inmediato, prueban otra medicina, y después otra. Y así sigue el mal.

"Hay que enseñar a la gente que las drogas no curan la enfermedad. Es cierto que a veces proporcionan algún alivio inmediato momentáneo, y el paciente parece recobrarse por efecto de esas drogas, cuando se debe en realidad a que la naturaleza posee fuerza vital suficiente para expeler el veneno y corregir las condiciones causantes de la enfermedad. Se recobra la salud a pesar de la droga, que en la mayoría de los casos sólo cambia la forma y el foco de la enfermedad. Muchas veces el efecto del veneno parece quedar neutralizado por algún tiempo, pero los resultados subsisten en el organismo y producen un gran daño ulterior.

"Por el uso de drogas venenosas muchos se acarrean enfermedades para toda la vida, y se malogran muchas existencias que hubieran podido salvarse mediante los métodos naturales de curación. Los venenos contenidos en muchos así llamados remedios crean hábitos y apetitos que labran la ruina del alma y del cuerpo . . .

"La única esperanza de mejorar la situación estriba en educar al pueblo en los principios correctos. Enseñen los médicos que el poder curativo no está en las drogas, sino en la naturaleza. La enfermedad es un esfuerzo de la naturaleza para librar al organismo de las condiciones resultantes de una violación de las leyes de la salud. En caso de enfermedad, hay que indagar la causa. Deben modificarse las condiciones antihigiénicas y corregirse los hábitos erróneos. Depués hay que ayudar a la naturaleza en sus esfuerzos por eliminar las impurezas y reestablecer las condiciones normales del organismo.

"El aire puro, el sol, la abstinencia, el descanso, el ejercicio, un régimen alimenticio conveniente, el agua y la confianza en el poder divino son los verdaderos remedios. Todos debieran conocer los agentes que la naturaleza provee como remedios, y saber aplicarlos. Es de suma importancia darse cuenta exacta de los principios implicados en el tratamiento de los enfermos, y recibir una instrucción práctica que le habilite a uno para hacer uso correcto de estos conocimientos.

"El empleo de los remedios naturales requiere más cuidados y esfuerzos de lo que muchos quieren prestar. El proceso natural de curación y reconstitución es gradual y les parece lento a los impacientes. El renunciar a la satisfacción dañina de los apetitos impone sacrificios. Pero al fin se verá que, si no se le pone trabas, la naturaleza desempeña su obra con acierto y los que perseveren en la obediencia a sus leyes encontrarán recompensa en la salud del cuerpo y del espíritu . . .

"No se nos recordará demasiado que la salud no depende del azar. Es resultado de la obediencia a la ley . . . No nos hallamos empeñados en combates ficticios. Libramos un combate del que dependen resultados eternos. Tenemos que habérnoslas con enemigos invisibles. Angeles malignos luchan por dominar a todo ser humano. Lo perjudicial para la salud, no sólo reduce el vigor físico, sino que tiende a debilitar las facultades intelectuales y morales. Al ceder a cualquier práctica antihigiénica dificultamos la tarea de discernir entre el bien y el mal, y nos inhabilitamos para resistir al mal. Esto aumenta el peligro del fracaso y de la derrota . . .

"Sin el poder divino, ninguna reforma verdadera puede llevarse a cabo. Las vallas humanas levantadas contra las tendencias naturales y fomentadas no son más que bancos de arena contra un torrente. Sólo cuando la vida de Cristo es en nuestra vida un poder vivificador podemos resistir las tentanciones que nos acometen de dentro y de fuera.

"Cristo vino a este mundo y vivió conforme a la ley de Dios para que el hombre pudiera dominar perfectamente las inclinaciones naturales que corrompen el alma. Él es el Médico del alma y del cuerpo y da la victoria sobre las pasiones guerreantes. Ha provisto todo medio para que el hombre pueda poseer un carácter perfecto." El Ministerio de Curación, págs. 88–92.

 

Aquí Presentamos Algunos Principios Básicos Adicionales del Sano Vivir

Traducidos del original en inglés

"De una forma proporcional a la manera en que las leyes de la naturaleza son quebrantadas, la mente y el alma son debilitadas . . . se ve sufrimiento físico de todo tipo . . . El sufrimiento debe seguir a este curso de acción. La fuerza vital del sistema no puede soportar la carga que se le impone, y finalmente, se desploma." —Carta, 30 de agosto de 1896.

"La enfermedad es causada por la violación de las leyes de la salud; es el resultado de violar las leyes de la naturaleza."— Testimonies, tomo 3, pág. 164.

"La salud es un gran tesoro. Es la posesión más preciosa que el hombre mortal puede tener. Las riquezas, el honor o el conocimiento son adquiridos a un precio demasiado elevado si se obtienen a expensas del vigor de la salud. Ninguno de esos logros puede asegurar la felicidad si no se tiene salud."—Christian Education, pág. 16.

"Se usa bien el tiempo que se emplea para el establecimiento y preservación de una robusta salud física y mental. . .Es fácil perder la salud, pero es difícil recuperarla."—Review, N° 39, 1884.

"Una perfecta salud depende de una perfecta circulación."—Testimonies, tomo 2, pág. 531.

"Muchos me han preguntado: ¿Qué curso de acción debo seguir para preservar mi salud en el mejor estado? Mi respuesta es: Dejad de transgredir las leyes de vuestro ser; dejad de complacer un apetito depravado, comed alimentos sencillos, vestíos en forma saludable, lo cual requerirá una modesta sencillez; trabajad de manera saludable, y no estaréis enfermos." —El Reformador de la Salud.

"Una vida sin propósito es una muerte viviente. La mente debería espaciarse en temas relacionados con los intereses eternos. Eso conducirá a la salud del cuerpo y de la mente."—Review, N° 31, 1884.

"Dios mismo ha prometido mantener la maquinaria viviente en actividad saludable, si el agente humano obedece sus leyes y coopera con Dios."—Carta, 11 de enero del 1897.

"Que siempre se conserve en mente el hecho de que el gran objetivo de la reforma higiénica es asegurar el mayor desarrollo posible de la mente, del alma y del cuerpo."—Temperancia Cristianá, pág. 120.

"La naturaleza restaurará su vigor y fortaleza en sus horas de sueño, si sus leyes no son violadas."—Una Apelación Solemne, pág. 16.

"El confinamiento en el interior hace que las mujeres sean pálidas y débiles, y resulta en una muerte prematura."—El Reformador de la Salud.

"Complacerse en comer demasiado a menudo, y en demasiadas cantidades, agota los órganos digestivos, y produce un estado febril en el sistema. La sangre se vuelve impura, y entonces surgen enfermedades de diversas clases."—Dones Espirituales, tomo 4, pág. 133.

"Los efectos producidos por vivir en habitaciones estrechas y con poca ventilación son estos . . . La mente se vuelve deprimida y melancólica, mientras que todo el sistema se enerva; y es posible que se generen fiebres y otras enfermedades agudas . . . El sistema es pecualiarmente sensitivo a la influencia del frío. Una exposición ligera produce serias enfermedades."—Testimonios, tomo 1, pág. 702.

"¿Qué influencia tiene sobre el estómago el comer en exceso? —Este se debilita, los órganos digestivos se agotan, y como resultado se produce la enfermedad, con toda su estela de males."—Testimonios, tomo 2, pág. 364.

"El libre uso de azúcar en cualquier forma tiende a recargar el sistema, y a menudo es una causa de enfermedad."—Consejos a Padres y Maestros, pág. 57.

"La posibilidad de enfermarse aumenta diez veces al comer carne."—Testimonios, tomo 2, pág. 64.

"Las mezclas ricas y complicadas de alimentos destruyen la salud. Las carnes muy sazonadas y los pasteles suculentos están desgastando los órganos digestivos."—Carta, 5 de noviembre de 1896.

"Un descuido de la limpieza provocará enfermedad."—Cómo Vivir, capítulo 4, pág. 61.

"Las habitaciones que no son expuestas a la luz y al aire se vuelven húmedas . . . Diversas enfermedades han sido producidas por dormir en esas habitaciones."—Cómo Vivir, pág. 243.

"Si es posible, las moradas debieran construirse en terreno elevado y seco. Si se construye una casa donde el agua se aposa alrededor de ella, permaneciendo por un tiempo y luego secándose, se levantan emanaciones venenosas, y el resultado será fiebre intermitente, dolor de garganta, enfermedades de los pulmones y fiebre."—Cómo Vivir, pág. 246.

"Si la ropa que se usa no se lava a menudo, se vuelve mugrienta con las impurezas arrojadas por el cuerpo mediante el sudor sensible e insensible . . . Los poros de la piel vuelven a absorber el material de desecho arrojado."—Cómo Vivir, pág. 246.

"Cuando hacemos todo lo que podemos de nuestra parte para tener salud, entonces podemos esperar que seguirán resultados benditos, y podemos pedirle a Dios con fe que bendiga nuestros esfuerzos para la preservación de la salud."—Cómo Vivir, pág. 246.

"La transgreción de las leyes físicas es la transgreción de la ley de Dios. Nuestro Creador es Jesucristo. El es el autor de nuestro ser. El ha creado la estructura humana. El es el autor de las leyes físicas, así como es el autor de la ley moral (Los Diez Mandamientos). El ser humano que es atrevido y descuidado en sus hábitos y prácticas que conciernen a su vida física y a su salud, peca contra Dios."—Carta del 19 de mayo de 1897.

"El Señor ha dispuesto como parte de su plan, que lo que el hombre (todo ser humano) cosecha en la vida esté de acuerdo a lo que plantó."—Carta del 19 de mayo de 1897.

"Hay diversas maneras de practicar el arte de sanar, pero hay sólo una manera aprobada por el Cielo. Los remedios de Dios son los agentes simples de la naturaleza, que no sobrecargarán o debilitarán al sistema a través de sus poderosas propiedades. El aire y el agua puros, la limpieza higiénica, una dieta apropiada, pureza de vida, y una firme confianza en Dios son remedios, que por su falta, miles mueren; no obstante estos remedios están pasando de moda porque su uso y hábil aplicación requiere un trabajo que la gente no valora."—5 Testimonios, 443.

"La salud debiera ser resguardada tan sagradamente como el carácter."—Temperancia Cristiana e Higiene Bíblica, 83.

"La perfecta salud depende de una circulación perfecta."—2 Testimonios, 531.

"Muchos me han preguntado.—¿qué debo hacer para gozar de buena salud y preservarla? Mi respuesta es: ‘cese de transgredir las leyes naturales; cese de gratificar un apetito depravado; coma alimentos simples, vístase saludablemente, lo cual requerirá modestia simple; trabaje saludablemente y usted no se enfermará.’ "—El Reformador de la Salud.

"Una vida desenfocada y sin rumbo es muerte en vida. La mente debería meditar en temas relacionados con nuestros intereses eternos. Esto resultará en salud del cuerpo y de la mente."—Review, Nro. 31 de 1884.

"Dios se ha comprometido en mantener esta maquinaria viviente en estado saludable siempre y cuando el agente humano obedezca sus leyes y coopere con Dios."—Carta del 11 de enero de 1897.

"Manténgase siempre ante la mente que el gran objetivo de la reforma higiénica es para asegurar el más alto desarrollo de la mente, el ser y el cuerpo."—Temperancia Cristiana e Higiene Bíblica, 120.

"La naturaleza restaurará su vigor y fortaleza en las horas de descanso o sueño, si sus leyes no son violadas."—Una Apelación Solemne, 16.

"El encierro debilita y hace palidecer a las mujeres, lo cual resulta en la muerte prematura."—El Reformador de la Salud.

"Comer muy amenudo y en grandes cantidades sobrecarga los órganos digestivos, y produce un estado febril del sistema. La sangre se hace impura, y así aparecen enfermedades de todo tipo."—4 Dones Espirituales, 133.

"Los efectos de vivir en cuartos encerrados y sin ventilación apropiada son los siguientes: la mente se torna deprimida y negativa, mientras que todo el cuerpo se enerva, dando lugar a fiebres y otras enfermedades serias . . . el sistema es peculiarmente sensible a la influencia del frío. La más leve exposición produce serias enfermedades."—1 Testimonios, 702-703.

"¿Qué influencia tiene el comer en exceso sobre el estómago? Debilita todo el aparato digestivo y la enfermedad, con todos sus males, se hace presente como resultado directo."—2 Testimonios, 364.

"El libre uso del azúcar en cualquier forma tiende a obstruir el sistema, y no es infrecuente causa de enfermedades."—Temperancia Cristiana e Higiene Bíblica, 57.

"Las probabilidades de contraer enfermedades aumentan diez veces al comer carne."—2 Testimonios, 64.

"Mezclas complejas y enriquecidas de comidas destruyen la salud. Carnes muy sasonadas y pastas sobrecargadas o fritas debilitan y destruyen los órganos digestivos."—Carta del 5 de noviembre de 1896.

"Descuidar el aseo induce a la enfermedad."—Cómo Vivir, cap. 12, p. 66.

"Las recámaras o cuartos que no están expuestos a la luz o al aire se vuelven húmedos . . . varias enfermedades han resultado en aquellos que han dormido en ellos."—Cómo Vivir, 244.

"Las viviendas, de ser posible, debieran ser edificadas en lugares altos y secos. Si una casa es edificada donde el agua o la humedad la rodean, estancándose por un tiempo para luego evaporarse, se levanta un miasma venenoso, la fiebre, gripe, dolores de garganta, enfermedades pulmonares y demás condiciones febriles serán el resultado inevitable."—Cómo Vivir, 246.

"Si la ropa que se usa no se lava con frecuencia ni se la airea, se vuelve sucia con impurezas que se desprenden del cuerpo mediante la transpiración sensible e insensible . . . los poros de la piel absorven nuevamente el desperdicio que fue deshechado."—Cómo Vivir, 242.

"Cuando hacemos todo lo que está a nuestro alcance para tener salud, entonces podemos anticipar los resultados benditos que vendrán, y podemos solicitar a Dios con fe que bendiga nuestros esfuerzos en preservar la salud."—Cómo Vivir, 246.

"Cualesquiera que sean nuestras ansiedades y pruebas, presentemos nuestro caso ante el Señor. Nuestro espíritu será fortalecido para poder resistir. Se nos abrirá el camino para librarnos de estorbos y dificultades. Cuanto más débiles e impotentes nos reconozcamos, tanto más fuertes llegaremos a ser en su fortaleza. Cuanto más pesadas nuestras cargas, más bienaventurado el descanso que hallaremos al echarlas sobre el que las puede llevar."—El Deseado de Todas las Gentes, p.296.

"En forma proporcional, cuando las leyes naturales son transgredidas, la mente y el ser se debilitan . . . se pueden notar toda clase de sufrimientos físicos . . . el sufrimiento debe seguir como resultado a este curso de acción. La fuerza vital del sistema no puede soportar esta sobre exigencia de ella requerida y finalmente se quebranta."—Carta del 30 de agosto de 1896.

"Es tiempo bien empleado aquel que es utilizado en establecer y preservar la buena salud física y mental . . . Es fácil perder la salud, pero es difícil recuperarla."—Review, Nro. 39 de 1884.

"Cualesquiera que sean nuestas ansiedades y pruebas, presentemos nuestro caso ante el Señor. Nuestro espíritu será fortalecido para poder resistir. Se nos abrirá el camino para librarnos de estorbos y dificultades. Cuantos más debiles e impotentes nos reconozcamos, tanto más fuertes llegaremos a ser en su fortaleza. Cuanto más pesadas nuestras cargas, más bienaventurado el descanso que hallaremos al echarlas sobre el que las puede llevar." —El Deseado de Todas las Gentes, pág. 296.   

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